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Paul Poiret, el rey de la Belle Époque

Al diseñador Paul Poiret le apodaron como ‘el rey de la moda’. Sus contribuciones al diseño femenino de principios del siglo XX le llevaron a dar un giro radical a la estética parisina imperante durante la llamada Belle Époque, en la que liberó a la mujer del corsé, reavivó el estilo Imperio, impuso las medias color carne y creó la falda tubo, entre  otras piezas de inspiración griega u oriental. A pesar de alcanzar fama mundial y de vestir a importantes damas y actrices, su éxito se difuminó en los años 20. Murió en la absoluta pobreza y olvidado del mundo en un París rendido a su gran rival, Coco Chanel.

Paul Poiret nació el 8 de abril de 1879 en París, en el seno de una familia humilde. Hijo de un comerciante de telas del barrio de Les Halles, el célebre mercado textil parisino, fue el único varón entre tres mujeres. Terminó los estudios y, acto seguido, entró como aprendiz en el taller de un fabricante de paraguas. Allí pedía los retales de seda que sobraban y por las noches elaboraba extravagantes vestidos que probaba a las muñecas de sus hermanas.

El diseñador Paul Poiret.

Su carisma y talento le llevaron a introducirse en los círculos más exclusivos de la Belle Époque y a trabajar como asistente, y después como jefe del departamento de sastrería, para Jacques Doucet en 1899, junto a quien continuó su formación de diseño y costura. Hacia 1901, cumplido ya el servicio militar, entró en el taller del más importante maestro de la moda, Charles-Frederick Worth, aunque éste se deshizo pronto de sus servicios quizás ante la genialidad que vislumbraba en un futuro competidor. No obstante, Paul no se rindió y ayudado por los cincuenta mil francos que le había prestado su madre y bajo el patrocinio de la conocida actriz, Réjane, abrió su propio salón en 1903.

Con sus diseños, Poiret contribuyó a la liberación de la mujer y, sobre todo, a crear una estética que marcaría el siglo XX. Pero, su principal aportación llegaría en 1906, cuando alargó el corsé hasta las caderas y redujo el número de prendas interiores, retomando las líneas del Directorio francés para crear un modelo sencillo que se entallaba debajo del pecho y caía libremente hasta los pies. Lo llamó La Vague (‘la Ola’), pues parecía rodear el cuerpo en ondas marinas. Este revolucionario diseño estaba concebido para su esposa Denise Boulet, con quien había contraído matrimonio en 1905 y que era, con su figura delgada y atractiva, su musa y modelo. Aunque años más tarde se divorciarían, tuvieron cinco hijos en común, Rosine, Martine, Colin, Perrine y Gaspard.

Tras el nuevo corsé, Poiret quiso ir más allá y decidió sustituirlo por sujetadores más flexibles, a la par que las tradicionales medias negras que se usaban también las cambió por otras color carne que hacían el efecto de llevar las piernas desnudas. Además, los tonos pastel de la época dieron paso a bellos estampados de influencia oriental, por lo cual se le consideró como uno de los promotores del estilo japonés, al diseñar vestidos kimono, exóticos y vaporosos, que lucían las bailarinas Isadora Duncan y Mata-Hari. En esta misma línea impuso, hacia 1909, sus turbantes, caftanes, airones (una especie de tocados formados por grandes plumas de avestruz) o los populares pantalones de odalisca, opulentas prendas de seda, brocados fastuosos y lamés de colores vivos, inspiradas en los ballets rusos de Diaghilev.

En 1908 publicó el libro Les robes de Paul Poiret, cuyas ilustraciones -obras de Paul Iribe- mostraban unos modelos elegantes y sencillos, ligeramente entallados, con los que se había hecho famoso y en los que introducía pieles, pañuelos y adornos de pedrería para el cabello. Ese mismo año llegaría otra de sus aportaciones a la moda femenina: la falda tubo o falda de medio paso, pues si bien liberaba las caderas, en cambio se estrechaba entre la rodilla y el talón hasta el punto de que sólo permitía a las mujeres caminar a pasitos. A esta creación le añadió posteriormente decorados desde el muslo hasta la rodilla y la complementó con capas de borlas o chales con plumas de colores y estolas de zorro.

Años más tarde, Poiret fundaría la Escuela Martine, llamada así en honor de su hija, que era un taller de artes aplicadas donde daba empleo a jóvenes sin preparación para diseñar telas, tapices y muebles que luego eran elaborados por expertos artesanos. Posteriormente, sacó al mercado su propio perfume y cosmética, Rosine -diez años antes que Coco Chanel- y sus propios accesorios para vestir y para el hogar, algo que harían otros diseñadores como Ralph Lauren o Donna Karan ochenta años después, creando un sello estético propio.

En esa misma época presentó uno de sus modelos más famosos, la pantalla: una túnica corta armada con alambre en su parte baja -de manera que quedaba formando un círculo-, la cual se llevaba sobre una falda larga y ceñida. También de esos años data su modelo de falda pantalón, que fue rechazado por inmoral por el Papa Pío X.

En 1912 emprendió un viaje por Europa acompañado de un grupo de modelos para mostrar sus creaciones y cosechar nuevas ideas. Estuvo en Londres, Berlín, Viena, Moscú y otras ciudades europeas y, al año siguiente, se presentó en Nueva York llevando consigo un documental sobre una de sus colecciones que fue confiscado por su contenido “pornográfico” (aparecían mujeres en falda-pantalón). Durante estas incursiones fuera de Francia tuvo ocasión de comprobar como se copiaban sus diseños, sus estampados y su estilo, por lo que a su vuelta a Francia, en 1914, se involucró en la creación del Sindicato para la Defensa de la Alta Costura Francesa.

Cuando estalló la I Guerra Mundial, Poiret se alistó en las filas del Ejército francés en el que sirvió como sastre, pero terminada la contienda regresó a París donde encontró que todo había cambiado, en especial, la nueva forma, más industrial, de concebir la moda. Amante de la ornamentación y de la artesanía, el modisto se negó a seguir el juego del patronaje en producción y en 1926 se vio obligado a cerrar su casa de costura. No obstante, decidido a recuperar a su clientela, organizó lujosas fiestas y exposiciones que, lejos de devolverle a su lugar, le llevaron a la ruina.

Fue entonces cuando se retiró a la Provenza y pasó sus últimos años entregado a la pintura. A su muerte, en 1944, dejó un libro de memorias que tituló Yo vestí a mi época, pero lo cierto es que falleció en la más absoluta pobreza y olvido. Paradojas del destino, como quedó escrito en el catálogo de la muestra que el Museo Metropolitano dedicó en 2007 a su figura, “es irónico que Poiret rechazara el Modernismo, cuando sus innovaciones técnicas y comerciales fueron fundamentales para su surgimiento y desarrollo”.

Fuentes: Wikipedia, Vogue y MCNBiografías.
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